De pronto la cama alta de Jonás se llenó de misterio. Los juguetes quedaron desparramados sobre la sábanas sin ningún sentido, mientras su mandíbula caía lentamente. Los ojos quedaron clavados en los de la narradora, justo en la parte del cuento sobre el duende donde dice que "del asiento vecino colgaban dos pies..." Silencio. Las miradas de ambos quedaron congeladas por un segundo, hasta que Jonás y María Alicia Sierra volvieron a sonreírse.
No hace falta que nadie pregunte "¿te gustó?" En la sala del Hospital del Niño Jesús ya flota un atmósfera distinta. Los padres y cuidadores también han dejado de conversar para escuchar.
Al frente de la cama de Jonás, el gordito de 12 años que vino de Burruyacu a que le curen las piernas, descansa Ariel. Él tiene ocho años y apenas se mueve porque está quebrado (se cayó al intentar asustar a sus amigos en la noche de Halloween). Pero tiene los oídos bien atentos al cuento de "El grillito perdido". Aunque cuando advierte que lo están mirando hace bailar los ojos de un extremo al otro, como diciendo ¿y esta qué hace? "Mi mamá me leía cuentos cuando era chiquito, pero ahora soy grande", explica con aires de superación. Sin embargo, cuando María Alicia se para frente a la cama de Nico (un adolescente de 14 años que sufrió un accidente: chocó la camioneta en que viajaba), Ariel se queda atento al relato.
Todo por amor
Hace 10 años María Alicia se convirtió en abuelitacuentacuentos sin que nadie se lo pidiera. "Solo por amor a los chicos", afirma. Aunque fue maestra de jardín de infantes y de grado, su afición por el relato comenzó cuando ni siquiera iba a la escuela. "Algunos maman leche, yo mamé cuentos", dice esta mujer de 70 años con ojos de niña, verdeazulinos tan brillantes como la mirada que le devuelven los chicos. "Mi papá me contaba cuentos desde que yo estaba en la cuna. Me perfeccioné y participé en varios encuentros de narradores -explicó-. Antes de jubilarme trabajé como bibliotecaria y descubrí la enorme cantidad de chicos que no tienen acceso a los libros".
Ahí comenzó a forjarse el proyecto "Tendiendo puentes de afecto ¿Te cuento un cuento?", que presentó en 2003 en el Hospital de Niños. "La propuesta es disfrutar de la escucha, nada más. No quiero que después pinten ni bailen. Es el disfrute de la palabra dicha de otra manera", aclara.
A diferencia de otros narradores, María Alicia no lee, sino que relata de memoria, haciendo una puesta con su voz y las expresiones de la cara. "Los cuentos no son elegidos al azar, sino de acuerdo con la edad del niño y la situación. Los autores son Elsa Bornemann, Jorge Accame y también anónimos", apunta.
Trabajar en el hospital no es fácil para ella. Confiesa que hay situaciones que la derriban. Como aquella vez que entró en la sala y la recibió la enfermera muy angustiada: "¡menos mal que viniste! Hay una nenita que no para de llorar desde esta mañana. A ver si podés calmarla!" María Alicia se acercó a la pequeña, de cinco años, que ni siquiera le dedicó una mirada. La narradora vio que cerca estaba su hermanita de 11 años. Ambas habían sobrevivido a un accidente de tránsito, en el que habían perdido a su mamá. La nena no dejaba de llamarla.
María Alicia acercó a la más grande, con suero y todo, hasta la cama de su hermanita y le empezó a contar un cuento, sin mirar a la pequeña. "De pronto, la nena se calló y empezó a escuchar. ¡Hubo un momento mágico! Esa experiencia me tocó mucho, como tantas otras, pero nunca lloro delante de los chicos, sino cuando salgo, en la vereda..."
Un cuento también abre la puerta a la confianza. "Ese día encontré a Juancito, un niño de ocho años, acostado al revés, con los pies en la almohada. Los cachetes rojos, el pelo oscurito. Su mamá, muy grandota, estaba acostada al lado, mientras tejía sin parar. Cuando terminé el cuento, Juancito, me confiesa: '¿sabés que volé en la bicicleta? ¡Y me hubiera matado al caer si no me hubiera sostenido mi papá'! 'Ah, qué bien', le dije, y antes de irme, la mamá me susurró al oído: 'el papá falleció hace cinco años'".
Muchas veces parece que a los más grandes los cuentos ya no les atraen; pero no es así. A Gustavo, de 13 años, los pies casi le sobran de la cama. Es de Famaillá y llegó al hospital después de que le "robó" la moto a su papá para ir a dar "una vueltita" y terminó tendido en la platabanda, según contó su hermano Ulises. Apenas María Alicia comenzó a narrar, Gustavo la interrumpió despacito como para no molestarla: "ese ya me lo contaste. Contame otro". Y se zambulló gozoso en el mundo de fantasías que, quizás, ya daba por perdido.